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determinados. Por ejemplo, los de izquierda paraban en La Giralda; los de izquierda moderada paraban en el Ramos; y así. Entonces había lugares para todos los gustos y la gente interactuaba y circulaba por todos esos espacios. Podías frecuentar todos los ambientes y estar en el que más te agradara, pero no había tantos conflictos como puede haber en la actualidad. La gente se dedicaba mucho más a la lectura e iba al cine con mayor frecuencia. Era casi como una enfermedad. Para ver El acorazado Potemkin, en los seis o siete cines de culto donde la daban, había una cola de media cuadra para entrar. Lo mismo sucedía con las películas de Godard, las de los italianos, las de Bergman. Era un público joven que estaba muy vinculado con la cultura, la música, el rock y, también, un poco con el folclore, el diseño y la filosofía. En mi caso, por ejemplo, iba los jueves y los viernes y me ponía “el azulejo”, o sea el traje azul, de lo contrario no podías entrar. Los días jueves iba de gala al Teatro Colón, me ponía el esmoquin (aunque no tenía un mango) y luego pasaba por Mau Mau. CC: ¿Podrías contarnos la anécdota de tu coche maravilloso y la nafta? MS: Tenía un Alfa Romeo blanco, aparte era flaquito, era bonito, era lindo, e hice algunos comerciales, entonces eso me daba un corte de chico interesante. Iba a la estación de servicio y le decía “dame dos litros”, “tres litros”, porque no había plata, pero tenía auto. Un día pedí diez litros y me preguntaron si me iba de viaje. Había muchos chicos como yo en Mau Mau, éramos una especie de “invitados ornamentales”. CC: ¿Cómo lograbas entrar? MS: Entraba porque era. No solía ir con chicas, más bien iba solo. Iba a la barra, donde éramos seis o siete chicos que nos ocupábamos de estar ahí, de hacer un poco de los Lata Liste, unos tipos fantásticos. Nos decían “vení para acá, che”, “sentate acá”, y te llevaban a una mesa, te sentabas y te presentaban a un duque, a un rey. Estar allí era lindo, pero yo también tenía mi boliche. CC: ¿Cómo era la propuesta de tu boliche en la Galería del Este, donde la gente comenzaba el itinerario nocturno con la caída del sol, alrededor de las siete? MS: El bar estaba en el centro de Buenos Aires. Yo abría el local a las ocho de la mañana sin haber dormido. Llegaba y me ponía a hacer el café, y el lugar ya explotaba desde la mañana. Aparecía Federico Manuel Peralta Ramos, recitaba “La hora de los magos” de Jorge de la Vega y ya empezaba a caer la gente del Di Tella y hasta las ocho de la noche no paraba. Ahí pasaba todo lo que tenía que pasar en Buenos Aires, a metros del

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Di Tella. Por cierto, el Di Tella estaba comunicado a través de la Galería del Este con mi boliche. Esa misma galería que albergaba locales muy importantes, como el de Madame Frou Frou, y donde se exponían también los zapatos de Dalila Puzzovio. Era tan vanguardista que incluso Mary Quant, líder de la moda en Londres, se llevó mercadería argentina a su país para venderla como lo último. CC: También quisiera destacar otros espacios como La Cueva, que era el sitio donde se reunían los roqueros, en la calle Pueyrredón y Peña y, La Perla del Once, otro sitio donde terminaba la circulación de la noche –más trash– y donde se escribió la famosa canción de Tanguito, que pertenecía a la tribu de los pinchetos, un grupo de jóvenes que se picaban heroína o tomaban Pervertin, drogas un poco más pesadas. Ellos circulaban también por la noche y a la cabeza estaba Tanguito, nuestro líder creador del rock cantado en español. MS: También estaba un líder de la música que se llamaba Pinchevsky, que tocaba el violín. Pertenecía a una tribu de chicos que le daban duro. En este sentido, Tanguito, luego de cobrar el premio de "La balsa", agarró un remís y se gastó toda la plata andando durante cinco días. Se pinchaban con distintos fármacos que se conseguían libremente en las farmacias. Eran un grupo que se hacía notar pero, en realidad, la mayoría consumía la droga de moda de esa época que era el LSD, el ácido lisérgico. CC: Los años 60 fueron iniciáticos, muy concentrados y casi irrepetibles en nuestra historia desde la construcción de lo artístico, porque no hubo otra década tan creativa hasta ahora. Se creó el Instituto Di Tella en lo que respecta a las artes visuales, y toda la circulación del op art y el pop art, pero me gustaría poder conversar de otra circulación, de las tribus de los roqueros: Los Náufragos, que empezaban su circuito por la pensión donde vivían Pajarito Zaguri (Alberto Ramón García) y Miguel Abuelo. ¿Cómo era esa circulación? ¿Te acordás de las noches de los conciertos de rock de los 60? ¿Podemos hablar del rock and roll? MS: Pajarito era un tipo muy talentoso, un tipo muy especial, muy creativo, y Miguel Abuelo era otro gran artista, otro tipo creativo. A veces asustaban con las ideas que tenían, que eran fantásticas. Pajarito Zaguri, junto con Moris, empezaron un grupo que se llamaba Los Beatniks, que eran de la época de Onganía. Hacían recitales o, mejor dicho, se subían arriba de un camión con un generador de electricidad y tocaban. Tocaban en Corrientes y Florida, donde paraban el camión. Obviamente, esta situación generaba escándalo. Venía la policía, les tiraba tiros y tenían que irse con el camión.

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Ideas materiales: arte y diseño argentino en la década del 60