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Entonces el rock era como una cosa prohibida pero, a su vez, esa prohibición le daba un estímulo para existir cada vez con más fuerza. La Cueva, La Perla del Once y el Ramos, así como también los bares en Avellaneda y en Mataderos, eran lugares bien roqueros. Por esa razón el rock viene de los barrios hacia el centro. Viene mucha gente del Palomar, sobre todo de Ciudad Jardín, donde vivía Luca Prodan. Inclusive una banda más reciente como Los Piojos viene de esa misma zona donde el rock and roll era una fiesta. El rock estaba en todos lados. Por aquel entonces, Aníbal Uset se dedicó hacer festivales como “Rock hasta ponerse el sol”, que se hacían en el velódromo, o para el día de la primavera en Ezeiza. Eran como Woodstock. CC: Javier Martínez fue uno de los personajes ideólogos de este movimiento del rock que circulaba por la noche. Pipo Lernoud, otro testigo importante de la época y creador del hippismo y el movimiento rockero en Argentina, dice que solo tomaban café, pero es mentira. Está claro que la noche los convoca a desfilar conceptos originales, capaces de amenazar las propias teorías de Albert Einstein. Lernoud y sus amigos se proclamaban hippies, pero no eran los únicos. “Yo traje el hippismo a la Argentina, fui la primera hippie”, dice una chica rubia que solía andar en patines por la ciudad, con sus anteojos oscuros y su cuerpo espigado deslizándose por el Bajo, en la zona de la llamada “manzana loca”, enmarcada por las calles Florida, Charcas, Maipú y Paraguay, la zona del Di Tella, la Galería del Este, los negocios hippies de inciensos y bambulas y de los bares transitados por artistas e intelectuales. En el Instituto Di Tella, con toda su sofisticación e intelectualidad, se vinculaban también las figuras del arte pop, el peace and love y los happenings. Marta Minujín (la chica rubia), trajo La Importación/Exportación, un muy recordado happening y, por supuesto, La Menesunda. A cien metros del Di Tella se encontraba el Bar-O-Bar o Bárbaro. El nombre del bar se le ocurrió a Jorge de la Vega como un juego de palabras. También lo conocieron como “Baro” (por lo de Bar-Baro). Allí, Poni Micharvegas y Jorge de la Vega cantaban eventualmente para los amigos. Cuando el espejismo de una revolución cultural que creyeron eterna se desvanecía en el desierto de la dictadura, el Barbaro era un respiro. El éxito de su época fue marcado por la coyuntura entre el fervor de los 60, el onganiato y la censura, y reafirmó su inscripción en el recuerdo colectivo de los circuitos diurnos y nocturnos la época.

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8 Federico Peralta Ramos en el local Barbudo’s de la Galería del Este. Buenos Aires, 1985. Este punto de encuentro obligado de la escena intelectual y bohemia porteña funciona entre 1968 y 1992. Está ambientado por su dueño Mario Salcedo, a partir de recomendaciones de Peralta Ramos y Antonio Berni. Adolfo Bioy Casares, Jorge Luis Borges y Ernesto Sábato son otros de sus habitués. 9 Marta Minujín en ImportaciónExportación, Centro de Artes Visuales del ITDT. Buenos Aires, 1968. La ambientación y hapenning de la artista consiste en importar una representación de la cultura hippie norteamericana y trasponerla al contexto argentino. Su invitación anunciaba “una kermesse, un espectáculo y una apelación a los sentidos”.

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Ideas materiales: arte y diseño argentino en la década del 60