__MAIN_TEXT__
feature-image

Page 165

FELISA PINTO*

moda joven: de la transgresión pop a la etnia criolla

La manzana loca1 El sismo que se produjo en los años 60, a partir de la apertura del Instituto Di Tella, terminó en el final de la década, cuando el mítico centro cerró sus puertas. Al comenzar la década de 1970, sin embargo, las revistas porteñas seguían asegurando que la “moda estaba loca, loca, loca”, por su cuota de transgresión, humor e ironía, amén del carácter efímero derivado del arte pop. A partir de esas referencias, al inicio de ese período se consolidó un nuevo estilo de pensamiento, vida y vestimenta que tuvo su epicentro en la denominada “manzana loca”, más precisamente en la Galería del Este, entrando por Florida al 900, hoy convertida en un no-lugar. En realidad, la galería era como la anticipación de un shopping, pero menos pretencioso y grandilocuente y tan vanguardista como lo fuera su vecino inmediato, el Di Tella. En ese reducido circuito se concentraron, hasta 1976, las mujeres de clase media ilustrada, transgresoras, pensantes y elegantes a la vez. Buena parte de ellas estaban dispuestas a expresarse vistiendo un hot-pant, o una minifalda con un maxitapado encima, y botas con plataforma. Este atuendo era el preferido para todas las salidas, incluidas las marchas de protesta. La etiqueta favorita era, entonces, la tienda Frou-Frou, de la talentosa Rosa Bailón, ambientada con los deslumbrantes dibujos de Daniel Melgarejo que decoraban el frontispicio. También eran objeto de culto las piezas firmadas por los artistas del Di Tella, quienes encontraron en el local de Etcétera el lugar ideal para exhibir y vender sus creaciones en la era post-ditelliana. El lugar fue pionero en una decoración excéntrica, con paredes negras y muebles con patas de serpiente, concebidas gracias a la creatividad de Juan Stoppani y Alfredo Arias. En Etcétera también se vendió, a finales de los años 60 y comienzos de los 70, la ropa de Pablo Mesejean

y Delia Cancela, justo antes de su partida a París y Londres. Los emblemáticos zapatos de doble plataforma de Dalila Puzzovio, que fueran premiados en el Di Tella y fabricados por la tradicional zapatería Grimoldi, definían el eclecticismo estético del vestuario de comienzos de la década. La papelería delirante y fuera de serie de Edgardo Giménez fue adoptada por sus seguidores como la vía de comunicación más imaginativa y colorida, sin timideces. Los huevos de acrílico transparente de Margarita Paksa eran privilegiados, en cambio, por su interés formal, casi abstracto –una novedad al despuntar los 70–, y algunos los compraban como vehículo para descargar tensiones, ya que se llamaban relaxing-eggs. Entre las vertientes opuestas existía el culto al kitsch, cultivado por Juan Gatti, con sus gargantillas de cuero magistralmente pintadas con colores psicodélicos. Era insoslayable, por otra parte, la colección de tops tejidos que firmaba Mercedes Robirosa con la etiqueta Cielo. Estos geniales creadores, entre otros igualmente talentosos, proliferaban en la Galería del Este, que cultivó más que nunca el concepto de “antimoda”. En él convergían los movimientos retro, kitsch y camp, impulsados en primer lugar por Yves Saint-Laurent desde París. No hay que olvidar que, por su parte, la moda étnica propuesta por Kenzo incentivó a muchas seguidoras, y especialmente a las artesanas que eran cultoras del estilo “falso Kenzo” en la Galería del Este. Por su parte, Mary Tapia fue una de las primeras en exaltar el barracán del Noroeste argentino para lograr una apelación al folklore. La nueva actitud de los y las habitantes de la “manzana loca” era una forma muy sofisticada de resistencia. Por primera vez la militancia política, el buen vivir y el buen vestir no eran incompatibles. Esa coexistencia pacífica fue posible solamente en ese lugar. En otros puntos de la ciudad, como el bar La Paz, era común la disidencia resuelta en términos menos amables. En la Galería del

165

Profile for MALBA

Ideas materiales: arte y diseño argentino en la década del 60