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6 Vidriera de Madame Frou-Frou. Galería del Este, local 26, Maipú y Florida al 900, Buenos Aires, c. 1969. De izquierda a derecha: Rosita Bailón, Dante Bertini, Marcial Berro, Isabel Uriburu y Daniel Melgarejo. El frente está intervenido por Melgarejo, quien dibuja para Primera Plana, La Opinión y el sello Mandioca hasta mediados de los 70, cuando emigra a Barcelona.

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recuerden su paso por la mítica Galería del Este: Rosa Bailón, “Rosita” o Madame Frou-Frou, según surjan los recuerdos de los años 60 y comienzos de los 70 en Buenos Aires. En esos años ella vistió con su gracia, imaginación y talento sin límites a toda la clase media ilustrada amante del cambio, el refinamiento y la independencia en materia de moda, pero también a músicos de vanguardia, pintores del Di Tella y literatos jóvenes y transgresores que no rechazaron la idea de vestirse, excéntricos, en una boutique con una dosis calculada de ropa unisex. El local, enclavado en plena Galería del Este, fue el emblema del desafío que imponía su dueña desde sus creaciones. Fue difícil resistir el estilo libertario, que seguía más el mandato de sus estados de ánimo que el de la moda oficial. Rosita se dejaba llevar siempre por la información sensible e independiente, y menos por las tendencias en boga, que nunca siguió al pie de la letra. Simplemente se atuvo a su pasión por la costura y a la admiración que profesaba por todas las áreas del diseño, desde que el mundo es mundo. En realidad, su gesto era más de artista que de diseñadora. Desde allí, manejó las tijeras con audacia y soltura, sin mediar moldes, sobre su cuerpo, al tiempo que eliminaba los botones e inventaba vestidos divididos en mitades, faldas que llegaron a contener doce metros de género para obtener vestidos y blusas que fueron el colmo de la femineidad en modelos inéditos en la Argentina. Un camino propio Rosita nunca obedeció tendencias comerciales y tampoco pudo ser imitada. Su estética era atípica, como su personalidad indomable. Por eso, nunca hizo colecciones fijas ni desfiles rutinarios. Creaba según la urgencia

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de su inspiración, que muchas veces le dictaba el cine, el teatro, algún ídolo pop o la literatura, cuando no una música de Los Beatles o Janis Joplin. También son memorables los nombres con que bautizó a sus creaciones. Superbizcocho (muchos volados), Bombón oriental (tenían cuello mao) o Romance (con espaldas y escotes muy audaces). Para mí, que seguí hasta la más mínima huella de sus costuras, la colección de verano del 73 es imborrable. Fue inspirada por sus ídolos favoritos del cine y exclusivamente confeccionada en algodón blanco en tres largos: mini, midi y maxi. Greta Garbo fue evocada por un talle alto, imperial, estilo Ana Karenina. A Marlene Dietrich la rememoró en la escena en que sigue descalza a Gary Cooper, por el Sahara, con una falda tableada y un sacón largo con mangas anchísimas, sin duda una fantasía romántica y poco práctica, pero deslumbrante en manos de Rosita. El modelo Gritos y susurros, inspirado en el film de Ingmar Bergman, fue, sin embargo, su best seller de esos años. Tenía canesú cuadrado y tablones desde el pecho hasta el ruedo. Se completaba con una cofia almidonada entre severa y coqueta. La blusa Billie Holiday con profusión de volados y la camisa Jackie Coogan, suelta y desenfadada, fueron otros hits, a los que siguieron tapados de piel de cordero teñidos en tonos fuertes e insospechados. Estos fueron algunos de sus sellos, donde se reflejó su espíritu y su independencia de los mandatos consabidos. Admiró a todos los genios de la moda grande y también del prét-á-porter. Por eso, el tono transgresor de Mary Quant y Biba la acompañó y fue su cómplice en la Galería del Este. Los que la hemos querido y admirado desde siempre la seguimos acompañando.

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Ideas materiales: arte y diseño argentino en la década del 60