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la relación con los arquitectos? Quisiera que recordaran qué se respiraba en la calle mientras ustedes intentaban introducir este ideario moderno que abjuraba de los historicismos. SA: Para empezar, Florence Knoll tenía diseñadores muy estimados por el público, por el nivel de sus currículums, y esto de alguna manera fue incorporado a Buenos Aires. Nuestro primer cliente, que prácticamente inauguró en la misma fecha que nosotros, fue Ford Motors, para el que equipamos toda la parte ejecutiva y también la sala de conferencias y el hall de entrada. También la financiera de Londres, que era cliente de Carlos Méndez Mosquera, y un sinnúmero de estudios de arquitectura, como los de Aisenson, Mario Roberto Álvarez, Pomar, Osvaldo Giesso. En ese momento, Florence Knoll tenía un plan innovador en Estados Unidos: un grupo específico de gente que hacía los proyectos de equipamiento para los estudios. Eso lo incorporamos acá en Argentina de tal manera que podíamos colaborar con los arquitectos, ya que no había un estudio especializado en interiores de oficinas ni capaz de llevar el desarrollo a los sistemas de trabajo. CM: En 1962, tras el envión de Basilio Uribe, Ricardo Moller, César Jannello e Ignacio Pirovano, entre otros impulsores, nace el Centro de Investigación de Diseño Industrial, el CIDI, que tendría su debut público al año siguiente, con la Primera Muestra Internacional de Diseño Industrial, que se realizó en el Teatro San Martín, aún no habilitado como tal. El CIDI, perteneciente a la red de centros del INTI, fue una iniciativa a imagen de los zentrums europeos que quisieron poner freno después de la Segunda Guerra Mundial a la andanada de productos estadounidenses para proteger sus producciones. La finalidad del CIDI era articular e incorporar el diseño a la industria. ¿Qué significó para ustedes, como empresarios y fabricantes, el CIDI? JC: La inauguración del local del CIDI en 1964, con una ubicación céntrica en la esquina de Maipú y Diagonal Norte, fue muy importante: nos daba visibilidad pública. Independientemente de otras acciones como los concursos que se hicieron y que otorgaban los famosos premios Sólidos de Plata, de Cobre, y las Etiquetas de Buen Diseño, de color blanco o color rojo. Fue una difusión directa que el Estado hizo de la disciplina, a través de este centro. Por eso insisto en que lo más importante, para mí, es que nos sacó a la calle. Pudimos poner los productos en exhibición y el público empezó a ver buen diseño. Los profesionales ya nos conocían, pero no así la señora o el señor que caminaban por la calle. En la esquina en donde había estado una famosa tienda de ropa de hombre, que tenía modelos vivos, los famosos bon vivant, sobre la calle Cangallo, fue donde tuvimos la posibilidad de tener los productos expuestos hacia la vereda.

Las exposiciones y la difusión de los premios como los Sólidos de Plata o Cobre, o las Etiquetas de Buen Diseño, blancas o rojas, fueron los portales del CIDI. Los gestionaban Rodolfo Moller, Basilio Uribe y Julio Colmenero, alguien a quien quiero señalar como puntal de la divulgación del diseño. SA: Al igual que Jorge, nosotros estuvimos colaborando mucho con el CIDI, especialmente en la época de Uribe, asociados como empresa. Y después formando parte de la comisión directiva hasta que cerró, en el 88. Como socios del CIDI, algo muy remarcable es que pudimos además utilizar al INTI para testear nuestros productos. Es decir, las telas que nosotros fabricamos eran testeadas para saber cuántos años de uso podrían tener o el porcentaje de lana que las hacía ignífugas. También, en la parte de los sillones se controlaba la seguridad de los mecanismos y se estudiaba la ergonomía de cada elemento. También montamos tabiques en el INTI que fueron testeados acústicamente. Realmente el CIDI fue una gran ayuda para nuestras industrias, lo fue y lo es todavía. CM: Hablando de producir con nuevas tecnologías, ustedes comentan que el aluminio fue el material de los años 60. ¿Creen que fue más relevante incluso que el acrílico o los plásticos? SA: Con la industria de la aviación en los Estados Unidos se empezó a utilizar el aluminio, luego se aplicó en automóviles y en muebles. Nosotros comenzamos a trabajarlo para las sillas Tulip, de Ero Saarinen. Las bases se hacían en moldes de tierra, después en coquilla y luego en inyección de aluminio. Aplicamos perfiles en los tabiques, es decir, toda una industria que no era utilizada antes de los años 50. Fue un gran aporte para los equipamientos. JC: Nosotros comprobamos que no era posible la fabricación del aluminio por inyección, por su alto costo de matricería. Entonces hacíamos el proceso en tierra o en lo que se llamaba coquilla. Pudimos realizar pruebas con el INTI, ver resultados y obtener la resistencia necesaria. Porque la costilla de la silla Aluminum de los Eames hoy parece simple, pero era muy dificultosa de hacer con los medios precarios y artesanales que había en ese momento. El producto más revolucionario que lanzamos posteriormente y fue lo máximo en arquitectura de planta libre fue el sistema para oficinas Action Office (A02). Eran panelerias y estaciones de trabajo que rompían con la ortodoxia de los espacios cerrados o cuadrangulares. Se hicieron paneles abisagrados que podían trabajarse en ángulos no rectos. CM: Había un antecedente: el sistema de agrupamiento de Florence Knoll.

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Ideas materiales: arte y diseño argentino en la década del 60