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La organización de la Feria del Sesquicentenario estuvo a cargo, parcialmente, del arquitecto César Jannello. Egresado de la Universidad de Buenos Aires, se caracterizó por su inteligencia, su virtud de creador y su carácter polifacético, pero además se distinguía por poseer una moral a prueba de tiros. Jannello incorporó los conceptos de la semiología en la enseñanza de la arquitectura. ¿Qué era la semiología? En ese momento no existía ni como palabra para nosotros los arquitectos. Jannello había trabajado en la Feria de América, una feria interamericana realizada en Mendoza en la época de Perón. Para la feria de 1960 reunió a tres jóvenes arquitectos: Silvio Grichener, Eduardo Joselevich y Gonzalo Arias. Los tres se destacaban por ser muy inteligentes, activos y buenos diseñadores. La feria estaba conformada por distintos stands. Uno de ellos correspondía a la Asociación de Bancos de la República Argentina y había sido realizado por Alberto Álvarez junto con Roberto Migliore y con el ingeniero Atilio Gallo, quien fue uno los protagonistas importantes de la estructura de la Feria. Por otro lado, un monumento con monedas en el aire sostenidas por una estructura de delgados tensores metálicos expresaba una sinécdoque icónica del capitalismo. Se mostraban las monedas como parte para hablar del todo, en referencia al capitalismo. Era una comunicación bastante compleja porque en este momento la moneda en el uso diario era casi inexistente y era el billete el que simbolizaba el dinero. Más que una obra de arquitectura, la construcción era un monumento con un mensaje retórico, relativamente fácil de leer, porque la moneda en el imaginario colectivo estaba instaurada como símbolo del dinero. El valor en este caso radicaba en su simplicidad. Era muy claro y directo: “He aquí el dinero”. Además, un lector malintencionado, de mala fe, podía pensar, como después lo pensó María Elena Walsh, que acá se hablaba de tener la sartén por el mango y el mango también. Por otro lado, un periodista consideró este monumento como el “curioso monumento al dinero o, mejor dicho, al flujo monetario”. La estructura estaba conformada por cuatro monedas de metal de una tonelada y media cada una, que se erguían hasta una altura de doce metros, dispuestas una sobre la otra pero sin tocarse entre sí. La intención era dar la impresión del movimiento en pleno vuelo, lo que, lamentablemente, a partir de 1960 pudimos experimentar en los sucesivos movimientos inflacionarios que hemos sufrido. Las monedas volaron por el aire. Otro caso para destacar es el Pabellón de Cristal Plano, una fábrica de cristales que recién estaba empezando a desarrollarse y que le encargó el proyecto a Antonio Bonet, un arquitecto catalán que fue sorprendido por la

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Guerra Civil española estando en París. Bonet se vino a la Argentina junto con Jorge Ferrari Hardoy y Juan Kurchan, porque por republicano no podía volver a la España franquista. Fue uno de los protagonistas del desarrollo de la arquitectura renovadora en la Argentina. En este pabellón, Bonet buscó la esencia del cristal, la transparencia y los reflejos, y construyó un recorrido a través de paneles (algunos de colores, otros transparentes) que expresaban una especie de sinfonía de la transparencia y del reflejo de lo cristalino. La sensación que producía en el visitante era muy curiosa. Esto de una sensación exquisita dada por la arquitectura puede remitirnos al pabellón que realizó Le Corbusier en la Exposición Universal de Bruselas, en 1958. Aquel era un pabellón del ángulo recto, donde al espectador se le brindaba una experiencia muy parecida a la musical, una sensación de ritmo estrechamente vinculada a la propuesta de Bonet con la producción de los cristales de Cristal Plano. Si Goethe pudo decir, frente a la catedral de Estrasburgo: “La arquitectura es música congelada”, casi podríamos decir lo mismo para el caso que estamos describiendo. Se trata de una especie de música congelada con formas arquitectónicas. El otro pabellón relevante de la Feria es el de la Comisión Nacional de Energía Atómica de los Estados Unidos, que hizo varios aportes. Uno de ellos tenía relación con los últimos hallazgos sobre el átomo, que se exhibían mediante un espectáculo audiovisual. Otro aporte significativo fue el diseño del pabellón, a cargo del arquitecto norteamericano Victor Lundy. Su estructura consistía en dos capas de tela de vinilo inflada que se levantaban gracias a la fuerza del aire soplado. En este punto reconocemos otra inversión de un viejo asunto de la arquitectura, que siempre tuvo como problema encontrar la manera de transportar el peso de las cargas al suelo resistente. En el diseño de Lundy esto se revierte. No hay cargas que transportar. El aire infla el stand como si fuera un globo y el globo, entonces, no tiene nada que apoyar en el suelo. Simplemente hay que afirmarlo al suelo para que no se vuele. Esta fue una de las contribuciones más interesantes, que después continuó desarrollando en la Argentina el ingeniero Emil Taboada con las estructuras inflables, que en ese momento comenzaban a ser una novedad arquitectónica. El pabellón de la Comisión Nacional de la Cultura, luego transformado en una secretaría, tuvo su lugar en el espacio que hoy conocemos como el pabellón de exposiciones temporarias del Museo Nacional de Bellas Artes, erigido junto al museo. Fue diseñado siguiedo las líneas de la arquitectura de Mies van der Rohe, que además eran las líneas que sugería Jannello. Mies van der Rohe había dicho: “Dios está en los detalles.” Había realizado toda su arquitectura sobre una base geométrica muy

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Ideas materiales: arte y diseño argentino en la década del 60