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simple, una base prismática, como la de los rascacielos que hizo en Estados Unidos, usando perfiles y estructuras de hierro. En ese momento, esto en Argentina era, hasta cierto punto, no una novedad pero sí algo bastante inusitado. Por falta de producción básica de acero, lo que aquí se usaba siempre era el hormigón armado. En el caso que mencionamos, se hizo con la misma austeridad y la misma prescripción formal que se podía comparar, en la feria, con la innovación formal del globo inflado de Victor Lundy en el pabellón de Estados Unidos. En ese momento, en los años 60, ese edificio simbolizaba una polémica que estaba vigente desde la década de 1950. Se debatía sobre dos tendencias fuertes de la arquitectura: la europea funcionalista-racionalista –de la cual algunos de los protagonistas importantes eran Mies van der Rohe y Le Corbusier– y la tendencia norteamericana que Wright había denominado organicismo. Esta pugna de tendencias, en Argentina terminó consagrando al racionalismo por encima del organicismo. Esa línea racional, platónica, era la que aquí predominaba, con excepción de otros casos mencionados como los pabellones de Citroën o el de Estados Unidos, que rompían con esta vieja tradición estética en la que el prisma es considerado lo más bello. Un stand que se presentaba muy innovador era el de IKA (Industrias Kaiser Argentina), la primera fábrica que construyó automóviles seriados en nuestro país. Su estructura era la cúpula geodésica, que había sido inventada por Buckminster Fuller, un gran inventor norteamericano. Las cúpulas geodésicas constituían una construcción con elementos prefabricados que permitía cubrir grandes superficies. Fuller incluso soñó con cubrir con una cúpula geodésica el sur de Manhattan, para asegurarle así un clima estable. Éste principio básico de las construcciones geodésicas fue el que se aplicó en el stand de IKA. El stand de Shell fue pensado por el arquitecto Oscar Molino, el director del producto. Estaba conformado por un dodecaedro que poseía una serie de pantallas donde se iban a describir los beneficios de los productos de Shell, que en ese momento abarcaban desde plaguicidas hasta todos los derivados del petróleo, pasando por la gasolina. Trabajamos en la arquitectura, el diseño industrial y el diseño gráfico, y Federico Ortiz, uno de los dirigentes de la empresa publicitaria de Shell, nos encargó un diseño gráfico para las paredes interiores. La gente entraba y veía las distintas paredes del dodecaedro con los anuncios de Shell. Era una solución bastante estática del asunto. En aquel momento fuimos muy soberbios y dijimos: “No, el diseño gráfico no nos interesa a menos que se haga algo parecido al pabellón

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de Philips en Bruselas, de Le Corbusier. Algo que sea dinámico, que tenga música, comunicación. Un hipertexto.” A Federico Ortiz la idea le pareció excelente, y la resolvimos con una grabación multipantalla, multisonora, que explicaba los adelantos que traía Shell al mundo moderno. Para eso le pedimos un texto a Roberto Villanueva, actor y director teatral, y muy buen escritor además, y le pedimos a Jorge Petraglia –en aquel entonces un director de teatro muy afamado– que dirigiera la narración. No estaba narrada por un locutor, sino que era coral. Los distintos textos se iban leyendo con distintos tonos de voces. Le pedimos a Lorenzo Gigli que hiciera las estatuas como de seis metros de altura. Estas estatuas se ubicarían dentro del stand. Además, una serie de proyecciones de cine y de pantalla fija sobre otras pantallas generaban un multitexto que, junto con el que había presentado Sarah Jensen en el stand de Estados Unidos, eran los únicos multi-espectáculos que había en la Feria. En ese momento era muy difícil controlar este maremágnum de voces, de música, de proyecciones. Había dos posibilidades: se podía manejar sobre una cinta perforada o una cinta grabada. Se hizo sobre una cinta grabada. El ingeniero Alberto Raúl Inzúa y Fernando von Reichenbach llevaron adelante la grabación y logramos que todo eso se convirtiera en un espectáculo multimedia bastante interesante. La gente ingresaba y subía a una especie de balcón, donde era bombardeada desde todos lados por las imágenes, la música y la locución. Nuestra idea era dar un mensaje que fuera sorprendente. No incomprensible porque tenía que tener un sentido, pero sí sorprendente para el espectador que tenía que estar mirando para todos lados al mismo tiempo. Otros stands, como el de la Municipalidad o el del Instituto del Cemento Portland Argentino, mostraban estructuras nuevas, estructuras posibles; no se había hecho ninguna en la Argentina hasta ese momento. Jannello había diseñado el Auditorium, un anfiteatro que lamentablemente se incendió, desapareció, pero su gran obra maestra de la ingeniería, que realizó junto con Silvio Grichener y Atilio Gallo, fue el puente de Figueroa Alcorta. Inicialmente se habían pensado tres puentes que cruzaran la avenida, pero por razones presupuestarias se construyó uno solo. Este puente tuvo una vida azarosa. En la época de Isabelita, López Rega lo demolió para poder construir en su lugar un monumento, el Altar de la Patria. Por suerte después fue reconstruido respetando la idea original, partiendo de los mismos planos. Ahora se puede ver arreglado de una manera inusitada –que Jannello no había pensado– a partir de la intervención artística que hicieron dos pintores suizos. Esta es una obra maestra de la arquitectura en hormigón armado,

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Ideas materiales: arte y diseño argentino en la década del 60