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En una época en la que no teníamos facultad ni universidad, tuvimos que crecer mirando. AN: José María, ¿podrías contarnos sobre algún trabajo que recuerdes con especial afecto o que sientas que fue muy importante en ese momento? JMH: En Agens podíamos elegir. Teníamos muchísimos tipos de productos: desde planchas, amasadoras, heladeras o caños de un milímetro hasta caños de dos metros, todo lo que producía Siam. Una vez tenía que hacer un aviso de caños de un milímetro, los caños que se usan en los congeladores. El arte me lo hizo Martín con un estilo op-art, donde muchas rayitas producían un efecto óptico que simulaban unos movimientos. En esa época, la sala de arte era como una división de colegio, estábamos todos juntos, nos tirábamos tiza, por ejemplo, y hacíamos una serie de chistes muy raros, conocimos personajes inolvidables. Recuerdo que estábamos diseñando unas cajas y de pronto quisimos mover una caja grande de televisores. Cuando la abrimos vimos que un compañero se había escondido allí adentro. Era un clima muy cordial y de mucha creatividad. Todos los avisos producidos ahí eran memorables de alguna manera. AN: Martín, estabas trabajando en una agencia importante, una empresa enorme, probablemente la más importante de Sudamérica en su rubro. ¿Tenían conciencia de esa situación? ¿Qué sentían al ver su trabajo publicado en la calle y en las revistas? MM: Por supuesto, ver cómo salía publicado era la gran expectativa. Los diarios no tenían una gran tecnología, por lo tanto, lo que se hacía a veces era la foto quemada con película gráfica o de gran sensibilidad, de 400 ASA, para defender de alguna manera la precariedad que había. En el caso de los avisos a color, las editoriales nos mandaban una prueba sobre la que debíamos realizar correcciones. Por lo general tenían la citocromía de los cuatro colores e invasión de magenta o de cian. Me acuerdo de un aviso a color del Magnette 1622 que no se diferenciaba mucho del Di Tella 1500, entonces para posicionarlo arriba se lo fotografiaba con luces de colores en la Avenida 9 de Julio, después salía el enchastre y había que tener mucho cuidado con los medios. En cambio, cuando iba a una imprenta, y en especial a las buenas imprentas, podíamos corregir los fotocromos y tener un control un poco más preciso sobre la pieza. AN: ¿Y cuál era la sensación de ver tu aviso publicado? MM: Era muy emocionante, recortábamos el aviso y lo guardábamos.

AN: Rubén, ¿cómo era la relación con la empresa? ¿Guido participaba de las reuniones? ¿Criticaba los trabajos? ¿Ustedes tenían mucha autonomía? RF: Pasé diez años trabajando entre Agens y el instituto Di Tella, pero a Guido lo vi una sola vez y de lejos. Quiero decir que no estaba en lo inmediato, evidentemente habrá puesto gente de su confianza, y muy inteligente, a cargo de cada una de las cosas. Lo que más conozco es el Instituto Di Tella. Guido confiaba profundamente en la sapiencia de Distéfano y, a su vez, Distéfano tenía autonomía. Nosotros decimos siempre que nos llegaba el pedido de un catálogo, un programa, un afiche o lo que fuera y el día que tenía que estar recibían el impreso. En medio del proceso, nadie, salvo nosotros, tenía derecho ni se ocupaba de ver nada, solo veían la pieza producida. Es cierto que fue algo excepcional, no era el caso de Agens, donde obviamente la pieza tenía que pasar por los filtros comerciales. En este sentido, en el ITDT la autonomía del trabajo para mí fue total. MM: Me gustaría agregar que también importaba quiénes eran los que llevaban a aprobar esos avisos: los directores de cuenta de esa época Juan Carlos Kreimer y Juan Cosin, por ejemplo, personas muy inteligentes y muy capacitadas. También estaba Santiago Kovadloff, hoy un filósofo reconocido. Eso era verdaderamente una escuela. Cuando uno entregaba un original o un boceto sabía que estaba en buenas manos porque lo iban a defender con argumentos racionales. Ahí está visible la interdisciplina de la que hablaba anteriormente. RF: También trabajaba Paco Urondo al lado de Ure, entre todos formábamos un conjunto humano muy particular y muy inquietante para lo que era habitual en el medio. MM: … Oscar Steimberg, Dodi Scheuer, gente muy talentosa. AN: José María, contanos qué pasaba cuando terminaba el día de trabajo. ¿Seguía el diseño? JMH: El Agens que yo conocí estaba en la calle Tucumán. Cuando terminaba el día de trabajo, a veces nos íbamos del Di Tella a 676, el boliche de Astor Piazzolla, que estaba en frente. Yo trabajaba mucho con Roberto Alvarado, que era fotógrafo en el Instituto y que por lo tanto también vivía ahí. Me gustaría mencionar que, además de Agens, que fue como una escuela, existió un proyecto anterior llamado Cícero Publicidad. Recuerdo haber entrado en Cícero a trabajar como armador, como dice Martín, cuando estaba ubicada en Lavalle. Era una oficinita de dos por dos, pero allí

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Ideas materiales: arte y diseño argentino en la década del 60