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5 Familia frente a su vivienda. Buenos Aires, década del 60. Casilla situada en una trama irregular, sin acceso a los servicios y emplazada en un terreno urbano vacante. En otros países de la región, las villas reciben el nombre de ranchos, callampas, favelas y pueblos jóvenes.

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Es importante tratar de reconstruir imaginariamente ese movimiento: el sonido de la sirena llega inmediatamente porque la villa es contigua a la usina, luego rebota en las chapas de los galpones de la terminal de Retiro y sigue hacia un más allá donde poco a poco se desvanece. El sonido de la sirena se desplaza desde el borde fabril junto al río, pasa luego por los terrenos contiguos a Retiro en los que se estableció la villa y al fin se pierde en la Avenida del Libertador, donde se disuelve en los sonidos propios de la ciudad urbanizada. Es interesante observar que, en el nivel de la toponimia, la Avenida del Libetador no aparece nombrada en esta descripción pero sí muy sobreentendida para quien conoce la ciudad, y precisamente esa avenida es uno de los espacios donde podrían señalarse transformaciones en la arquitectura de la época. La villa pertenece a la Ciudad de Buenos Aires, está muy articulada con la otra ciudad, aunque tiene su propio desarrollo, y se sitúa en una tensión conflictiva con esa otra ciudad. La villa es una de las dos ciudades contiguas de las que hablábamos antes; la Avenida del Libertador marcaría la contigüidad entre esta y la ciudad propiamente dicha, una contigüidad con intercambios conflictivos, con lógicas de desarrollo diversas e independientes. Evidentemente se trata de una experiencia de lo más normal en las grandes ciudades. En el caso del relato de Conti, en la representación del espacio no aparecen, por ejemplo, los barrios porteños, que serían otra manera de configurar la ciudad: a través de la relación centromárgenes. Aquí la villa no es un lugar marginal ni mucho menos, pero tampoco es entendida en términos de barrio, sino que se trata de una configuración particular y compleja.

En el relato, varias veces el niño que vive en la villa se representa la ciudad que está más allá de la Avenida del Libertador como un horizonte espacial y de sentido. Tomo dos citas para recuperar esa composición de la otra ciudad como horizonte. Por un lado, el narrador dice: “esos malditos gallineros que se apretujan a lo lejos y trepan hasta los cielos del otro lado de las vías”. Y otra, más extensa y más minuciosa, para ver cómo se va desplazando la mirada que organiza el espacio: Al fondo, el lívido resplandor de Retiro se desvanece con el día y, más atrás aún, tiemblan y se encogen las luces de la ciudad. Del lado de la costa, la espiral encendida del edificio de Telecomunicaciones, los focos empañados de los automóviles que bailotean como un tropel de antorchas, los mástiles y las grúas de la dársena y, por encima de todo, las chimeneas de la usina que se empinan sobre la mugrienta claridad del amanecer.1 Ambas citas dan cuenta de la posibilidad de ver un horizonte recortado que se define particularmente por la altura, pero también por la toponimia, es decir, por cómo nombra el narrador esos edificios que tienden hacia lo alto. Los llama “gallineros”, que es un modo no solo de describir los edificios que están más allá de la Avenida del Libertador sino también de calificar a quienes los habitan. También me parece importante señalar que el relato de Conti coagula la idea de la villa como el espacio de la verdadera convivencia, de la verdadera solidaridad, donde se fundan vínculos que se han desvanecido o son imposibles al otro lado de la Avenida del Libertador, donde el tipo de construcciones no habilitan la posibilidad de la convivencia solidaria.

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Ideas materiales: arte y diseño argentino en la década del 60