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SUSANA SAULQUIN*

aceleración y nuevas formas de vida en los 60

En la década de 1960, llamada por algunos la época de la creatividad anárquica, los cambios en el mundo en general y en la Argentina en particular se multiplicaron velozmente, impulsando una revolución sin precedentes en todos los niveles, que abarcaba desde la política, la ciencia, la industria, el arte, las producciones estéticas, la literatura, la música, hasta las costumbres de la vida cotidiana. El ensayo y la experimentación de caminos inéditos pasaron a ser constantes, impulsados por las acciones y comportamientos de un activo movimiento juvenil que surgía como un nuevo segmento social y que configuraba nuevas identidades. Hasta entonces las identidades permitían el reconocimiento porque se forjaban en base a la repetición de parámetros formales, pero al comenzar los 60 estalló, en un nuevo contexto, el proceso creador del diseño en todas sus variantes. Los jóvenes pensaban que habían heredado un orden en la sociedad que no respondía a las demandas de la época, por lo tanto, sentían el imperativo de crear uno nuevo que los representara. En ese contexto, Buenos Aires tomaba un protagonismo que se ponía en evidencia en la llamada “manzana loca”, que tenía como centro el Instituto Torcuato Di Tella y la Galería del Este de la calle Florida. Ese legendario espacio va a imponer sus normas, ritos y nuevos personajes, integrantes de los grupos vanguardistas que rompían con los cánones de la estética tradicional y dominante, cambiando a partir de entonces y con total independencia la forma de percibir los fenómenos artísticos. Entre 1963 y 1969, el Di Tella, famoso por su Centro experimental de Artes Visuales, llevó a cabo el proyecto de modernización de la cultura local, para lo que contó con el total apoyo de su director y mentor Jorge Romero Brest (1905-1989). No faltó sin embargo la resistencia a su propuesta, ya que la ruptura de la

solemnidad que tanto en arte como en moda propiciaba a el Centro, aunque reconocida entre los conocedores y la prensa extranjera, resultaba sospechosa para el pensamiento hegemónico de la época. Su metodología era la fusión de modelos que circulaban en ámbitos internacionales con contenidos locales, y su objetivo era colocar la cultura argentina en el plano mundial. Convertido en faro cultural desde su fundación el 22 de julio de 1958, durante el gobierno de Arturo Frondizi, el Instituto creado en homenaje al ingeniero Torcuato Di Tella por sus hijos Guido y Torcuato, y transformado en Fundación Di Tella, cumplía con el mandato de la búsqueda de excelencia en las artes y en las ciencias. Ambos hermanos ejercían un verdadero mecenazgo, al respaldar a intelectuales, artistas y diseñadores de las distintas disciplinas; en ese sentido, eran continuadores de la acción filantrópica de su padre, que había llegado al país a los trece años con el sueño de transformar la Argentina rural en una nación industrializada. Esta motivación que lo impulsó a desarrollar la empresa Siam Di Tella hasta convertirla en el grupo industrial metalmecánico más importante de América Latina. El significado de las tres barras paralelas que la representaba, entre otros motivos de la elección, era el intelecto activo que marcaba su rumbo. Un nuevo rumbo Cuando se desactivó la vidriera de Florida 936, en la que hasta 1958 se exponían los productos de la empresa, y se decidió instalar en ese espacio la Fundación, el símbolo del cambio se hizo evidente. La producción diversificada de la empresa incluía desde la robusta heladera Siam y otros electrodomésticos hasta la motoneta Siambretta, lograda mediante un acuerdo con la firma italiana Lambretta, que fue bandera de la

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Ideas materiales: arte y diseño argentino en la década del 60