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movilidad para los jóvenes. En 1959 se creó la Siam Di Tella Automotores S.A., que comenzó a producir el mítico Di Tella 1500 en su planta de Monte Chingolo de la provincia de Buenos Aires y que se convirtió en un gran éxito hasta 1967. En 1965, cuando comenzaron las primeras dificultades financieras para la empresa, se firmó un acuerdo con Industrias IKA (Industrias Kaiser Argentina) para comprar el 65% del paquete accionario de Siam Di Tella Automotores. Como estaba ocurriendo en Buenos Aires, Córdoba –con su tradición universitaria, actividad industrial y compromiso en la participación política– tuvo en los años 60 una destacada actuación en los acontecimientos que jalonaron la vida cultural de la década. En 1958, IKA con sede en Córdoba había iniciado un proyecto de difusión de arte con la creación del Salón IKA, que se daba a conocer en la revista Gacetika, editada por la Dirección de Relaciones Públicas de la empresa. En 1961 se amplió como propuesta a nivel nacional. Con el fin de promocionar las actividades –que tenían como característica distintiva ser únicamente para artistas latinoamericanos, y donde además tuvo un lugar destacado la música experimental–, se organizaron las Bienales Americanas de Arte (BAA) en 1962, 1964 y 1966. María Cristina Rocca destaca que esas bienales en Córdoba fueron posibles “gracias al optimismo en la época y al acuerdo de cuatro actores principales: la automotriz que propuso, organizó y financió los eventos (IKA), la política internacional norteamericana de la Guerra Fría, el Estado imbuido de una ideología económica desarrollista y los artistas locales ávidos de ampliar horizontes y espacios para un público nuevo con deseos de actualizarse. Para estos cuatro actores centrales, la modernización fue un imperativo y una convicción de avance y progreso”.1 Mientras tanto, en Buenos Aires, el protagonismo del Instituto Torcuato Di Tella como factor aglutinante de sus centros artísticos era cada vez más fuerte y sus integrantes reconocidos por su excelencia. El espacio, que experimentó su momento de mayor auge entre 1965 y 1970, tenía varios salones donde se hacían exposiciones de arte y un auditorio para 244 espectadores que aplaudían las obras de teatro donde actuaban, entre otros intérpretes, Norman Briski y artistas como Nacha Guevara, Alfredo Arias, Iris Scaccheri, Ana Kamien, Marilú Marini y Les Luthiers, que dieron en 1969 su primer recital. Financiados por la Fundación Di Tella, también los intelectuales y académicos encontraban un espacio para ejercer sus actividades, distribuidos en “centros de investigación especializada”, en diferentes disciplinas como economía, ciencias sociales, historia, música, fotografía y diseño gráfico.

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En 1962, por iniciativa de Alberto Ginastera, se creó el Centro Latinoamericano de Altos Estudios Musicales (CLAEM) para promover nuevas expresiones en composición e investigaciones sonoras, con un laboratorio de música electroacústica que fue pionero en Latinoamérica. En simultáneo se creó el departamento de diseño, donde se ejerció profesionalmente y, por primera vez en el país, se produjo identidad gráfica y editorial para una institución cultural, a cargo del artista plástico y diseñador Juan Carlos Distéfano. Algunos de los integrantes que formaban parte de los diferentes centros fueron, en historia, José Luis Romero, Tulio Halperín Dongui y Ezequiel Gallo; en economía, Héctor Diéguez y Rolf Mantel; en arquitectura, Clorindo Testa, que fue convocado en 1968 por Torcuato para diseñar su casa de Belgrano; Natalio Botana en ciencias políticas y Juan Carlos Torre en psicología. Hacia fines de la década se hizo muy difícil su funcionamiento y muchos de esos centros tuvieron que cerrar. Alejado del Centro de Artes Visuales de la calle Florida, en el barrio de Belgrano (Virrey del Pino 3230), en una espaciosa y señorial casa con un gran jardín en la parte trasera, que pertenecía a la familia Di Tella, funcionaba el Centro de Sociología Comparada. Por allí circulábamos los alumnos de la carrera de Sociología con un sistema que permitía completar las materias con horas como ayudantes de investigación, o bien haciendo encuestas o codificando. Allí, académicos e intelectuales muy reconocidos se reunían para investigar, especialmente temas de economía y ciencias sociales. Desde 1965 al 1971, los escritos y resultados de esas investigaciones ya se difundían en la serie de la prestigiosa Revista Latinoamericana de Sociología, que tenía como característica distintiva el color ocre. La socióloga Silvia Sigal destaca: “La vida intelectual giraba en torno a la universidad y a algunas facultades, no se salía del entorno, por eso no se tomaba en cuenta todo el movimiento cultural que estaba por fuera, como por ejemplo en los teatros o en la música y lo que pasaba en el Di Tella de la calle Florida”.2 Entrevistada la socióloga e investigadora Lilian De Riz, recuerda: “Yo era investigadora junior, iba al Di Tella de Belgrano a las nueve de la mañana y trabajaba hasta las cinco de la tarde, desde 1964 hasta 1966; allí podía encontrarme con Ezequiel Gallo, Ruth Sautu, el profesor García Bouza o Rosalía Cortés; las formas de trabajo eran tranquilas y el tiempo pasaba más lentamente. Era una época de oro por el nivel de excelencia, la accesibilidad de los recursos y la absoluta mejor calidad de vida, había serenidad para investigar y sin contaminación. Al mediodía podíamos almorzar unos especiales bifes con

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Ideas materiales: arte y diseño argentino en la década del 60